
Aquí, en el mar Guadalquivir, aquí, entre el canal, las balizas y algún sorprendido mercante. Como especie de asamblea de velas blancas convocadas entre las banderas de colores de los jueces de salida.
Velas inquietas, incapaces de alineación definitiva en la invisible línea de salida. Porque esta cabecera del Río fue siempre cátedra de marinería, donde la gente nueva aprendiera desde antiguo el juego y el arte del mar, la fascinación de la mar, un mar domestico, casi enjaulado que desvanece peligros entre Bajo de Guía y el Coto.
Hay quien, desde fuera, se pregunta de lo absurdo de la regata, cuando barcos iguales, de idénticas velas y soplados por el mismo vientecillo sobre la misma piel del agua, debieran llegar todos a la vez.
Pues ya ve usted, resulta que la madeja de velas blancas va por minutos alargándose, poco a poco, pareciendo como dientes de serrucho posados sobre el agua. Y al final, manga tras manga, el talento, la pericia, el trabajo del día a día navegando , viendo y escuchando a los que saben. Total que alguno hay que alcanza la última baliza de meta cuando los de cabeza ya suben para el almuerzo. ¡ Y parecía un deporte tonto ¡, de tonto nada, el intríngulis está en el timón, para sacarle el máximo a rachas, revezas y virazones, que ahí está el asunto, y claro, el trimado del barco. Vamos, en un buen gobierno y juicio acertado en las maniobras, casi ná. Lo mejor para esta juventud nuestra, porque aquí ganan y mandan siempre los mejores, como en las buenas democracias.
Eduardo Domínguez rubio