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24/10/2008 Todavía cabe la esperanza.

24/10/2008 Todavía cabe la esperanza.

En eso estamos, a la vista de esta mar en rebeldía, con su única arma que tiene a mano, la cicatería. Porque no hay más que fijarse en la lenta pero palpable depauperación de nuestras pesquerías, el progresivo raquitismo de especies y capturas, el alarmante achicamiento de tamaños y medidas, como si peces y crustáceos obedecieran a alguna inexorable consigna enanizante.

Como me decía el otro día mi amigo Fernando “Bigote”, apoyado en su barra playera de Bajo de Guía con una copita de manzanilla entre los dedos.

- Fíjate en estas fotos antiguas, de patrones de los de antes, “El Cordobés” y compañía, porque con estas gentes entraban en las redes el pez guitarra y las acedías de la vendimia

- ¿De la vendimia, Fernando, que es eso?

- Pues que en ausencia de temporales, durante todo el verano, esas acedías iban criando y engordando entre los lodos calmados y crecientes de la bonanza y, al final del verano, allá por la vendimia, se pescaban acedías que daba gloria verlas y, ahora, ná de ná.

Total que ahora, según diario testimonio de las lonjas, de los lances, de corridas y chorradas por todo el braceaje, es como si la pesca de bajura, la pesca artesanal, la del pescaito fresco del día cantado en coplas y pregones, rodase desde tiempo atrás por alguna pendiente desolada y roñosa cuyo previsible remate sería la desertización de nuestros litorales, el arrasamiento fatal de caladeros y placeres. Y parece que corremos el peligro, si nadie lo remedia, de anticipar el trance de puertos y fondeaderos trastocados en inevitables cementerios de barcos amarrados a la desolación sin presente ni futuro, aunque, eso sí, todavía cabe la esperanza. Cabe el estricto respeto a las vedas, al mallaje mínimo, en las zonas de cría y engorde; cabe el repudio de toda suerte de malas artes pescadoras que empozoñan y arruinan los más recónditos escondrijos de los peces y sus crías. Y, de paso, aumentar y fomentar el cultivo de la mar, la sembradura amorosa de nuestra mar. Todavía cabe la esperanza.

 

Eduardo dominguez