
Es una visión acompasada a otra medida, una vista sanluqueña a una luz de atardecida. Porque desde lo alto, desde otros parajes, quizá lejanos a la silueta acostumbrada de cada día, vemos los mismo pero con la cara de la alternancia, de la variedad, de la luz cambiada y de otra perspectiva mestizada.
Esta es Sanlucar, nuestra Sanlucar, con la torre de “La Merced”, su cúpula aterciopelada de celestes cerámicas al viento, a estribor, y ese cálido bosque, más cercano, brotando desde los jardines del Palacio de Orleáns.
Otra visión, otro punto de vista, para enriquecer nuestros permeables sentidos a bordo de las espumas de este Poniente que siempre comienza a arribar un poquito más agrio desde los primeros días de otoño. Quizá sea este el objetivo y la semblanza sanluqueña que tuvieron aquellos marinos que embocaban la Barra del Guadalquivir desde el otro lado de los mares en los atesorados viajes de “ida y vuelta.
