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A bordo de un velero blanco

A bordo de un velero blanco

 


 

Aquí estamos, marineritos de orilla y playa, a punto de embarque para una singladura breve, más bien tímida, hasta cierto punto cautelosa. A bordo de un velero mínimo, frágil y agalgado, blanco con ribetes azules, que corta el agua como una cimitarra. Es como si abriera en la piel del mar una larga herida espumosa, instantáneamente cerrada, sin costurones ni cicatrices, por algún pasmoso cirujano invisible. Tiene que ser así y así fue siempre, porque si no la viejísima mar joven padecería ya no sé cuántos, infinitos ramalazos y alforzas en pleno rostro, en el rostro virgen y redondo que nos mira inmutable desde el nacimiento de los siglos. De modo que allá vamos a proa alzada, viento en popa a media vela, estuario del Guadalquivir arriba, alegrados por el vientecillo de costado y por cierta ingenua, tonificante sensación de aventura. Se diría que el velero está hecho a marinear por estas aguas, en tiempos gloriosas y ensalzadas, navegadas ahora por cien velas airosas, jóvenes y deportivas, que acaso también escriben historia a su manera. Dejamos a estribor la dársena de Bajo de Guía, los barcos enfermos, quizás muertos, tendidos en la orilla como saurios enormes. Ahí mismo el fuerte de San Salvador, el viejo fuerte colot canela, solitario y decrépito, casi enterrado por la arena y el olvido. Como a veinte brazas a estribor, el malecón de Bonanza, parecido al lomo verdoso de algún indescriptible monstruo marino, extrañamente empavesado con mástiles y jarcias de barcos que no vemos. Y hemos decidido el viraje aquí, junto a las primeras salinas, frente a la cordillera de sal remotamente parecida al hielo. Entre el timonel y el viento trazan sobre la corriente un arco abierto y suave y viramos hacia el Coto de Doñana, hasta las cercanías de los pinos monótonos y cenicientos, ancanecidos por el polvo de la sequía. Navegamos en paralelo al hambre y la sed acribilladas por los escorpiones, al posible, soñado trazado de una carretera costera que estuvo a punto de ser y que posiblemente nunca será porque dicen que cortaría en flor el vuelo de los pájaros. A la altura de Malandar, donde tan mal se anda, un grupo de mariscadores advenedizos nos grita el gozo de los cubos de plástico llenos de berberechos, marisqueados a puñados y sin esfuerzo, poeque resulta que los bivalvos han hecho suyos estos rincones ignorados y apacibles. Y uno piensa en las cien riquezas agazapadas y derrochadas bajo estas aguas nutricias, inagotablemente generosas. Si, uno piensa inevitablemente en las miriadas de langostinos niños, emigrantes ahora mismo desde el cauce semidulce, rio vivo bajo el rio camino de la mar, por buscar el sol y la sal donde vivir y crecer. Uno piensa que tampoco está entre los imposibles enjarretar de algún modo, aquí y allá, lo del pez, el molusco y el crustáceo domesticados, granjas y naves de agua, en escala sustancial y salvadora, bajo la batura de espertos, iluminados ganaderos de la mar. Pero, al parecer, la mar esta hecha para la contemplación, para la abstracción y la sintesis antes que para la concreción y el análisis. El mar es eso, simplemente mar, para la dicha y alegría de este velero blanco, ribeteado de azul.

Autor: e dominguez lobato