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La Geografia del Agua

La Geografia del Agua

 
Tengo entre las manos este librito breve y diáfano, obra del sacerdote escolapio
Faustino Míguez, que vivió y murió en Sanlucar sobre la segunda mitad del siglo XIX. Es este un libro de evocaciones. Quizás traduce como pocos la decisión firme, heróica, acidulada, del investigador solitario, del creador, del intelectual en lucha contra la erosionante indiferencia del entorno. Debió se biologo excepcional y alguien me habló alguna vez de su portentosa facilidad transmisora desde la tribuna o desde el púlpito. Según confiesa él mismo, desde sus primeros días en Sanlúcar se sintió subyugado por la variedad y propiedades medicinales de sus aguas.

       Enumera este librito las aguas potables, con mención de la fuente de San Roque, de la Puerta de Jerez, de Santa Clara, de San Pascual, del Pino, de Huevo Blanco. En las semipotables incluye la de Las Piletas, la de los Pozos de la Pólvora, de los Prados, de Santo Dios, de Caberos, del Pozo de las Vacas, de Pozo Nuevo, de la Huerta de la Cruz, del Cortijo de la Fuente. Para las calcáreas indica los pozos Morisco, de la Colalta, de Culantrillo, de Monteagudo. Termina con el agua de la mar, puntualmente analizada en sus cuatro movimientos, flujo, crecida, menguada y reflujo, con el sorprendente resultado de que en cada caso, por razones que explica en profundidad, tiene propiedades distintas. 

      Así quedó en los papeles la sabia geografía del agua sanluqueña. Una geografía encajada en su tiempo, cuando los galenos prescribían en sus consultas agua de tal o cual sitio según la enfermedad. Todavía se habla hoy del agua de Montensión, de la Quinta de los Montañeses, de la Fuente Vieja, -metida incluso en las coplas- de la Huerta Grande o del Pozo Amarguillo. La geografía del agua, la geografía del olvido por la ceguera.

     No sabemos cómo, ni dónde, ni cuándo desenterrar las míticas fuentes, los sudaderos mágicos, los fastuosos manantiales de hace dos siglos. Cierto que algún que otro todavía malvive pero sin emoción ni prestigio, como si, de repente, se hubiesen esfumado todos los milagros. Que entonces los había. Milagros del agua trocada por arcángeles sódicos, cálcicos, potásicos, magnésicos, ferruginosos, alumínicos, salinos, sulfurosos, fantásticamente brotados de cualquier faldón sin más que hincar media caña. Parecía cosa de mágia, ángeles sin coloraciones, cristalinos, gozosos, humildes, vestidos por el prodígio, bendecidos por el misterio, amparados por la hondura fresca y sobría. Puede que alguna vez los necesitemos y otra vez vuelvan, nos guiñen desde su resurrección, la resurrección del agua.



Autor: E. Dominguez Lobato