Sal gorda, de las salinas, y después... los penúltimos borbotones.
Aquellas bajamares correspondían a las pleamares de los últimos días de agosto. Para los forastero las playas se desinflaban, desaguaban mareas sin saber por donde, descarnaban orillas con la pleamar y a la vaciante, sin embargo, corrían aguas desesperadamente hacia alta mar.
Por eso niños y mariscadores se extendían y sembraban de azadones, cubitos de sal y paciencia infinita aquellas explanadas de la bajamar.
Nunca adivinamos exactamente el diseño caprichoso de aquellos agujeritos de los muergos, solo que tenían forma de llave antigua, o de caprichosa cerradura, o de anticipo de profundidades marineras. Los colmábamos de sal y " a esperar", tan solo unos minutitos, luego los borbotones, la asfixia de aquel marisco encañado, de aquellos supervivientes de otros tiempos.
- Y mucho cuidado -, nos advertía mi padre. - Primero se desahogan con una protuberancia gelatinosa, falso asidero si pretendemos sacarlos -
Había que esperar a que saliera el inicio de la caña, y entonces sí, aguantar la presión que volvían a ejercer hacia el fondo, y en un pulso paciente y concienzudo, irles ganado espacio, aflorando suavemente el muergo a la superficie, y desenvainando por último aquel trofeo tan singular. Mi primer muergo.